La obra está basada en un dibujo orginario atribuido a Hieronymus Bosch –El Bosco - o a alguna de las personas del taller, que por otra parte aparece nombrado de maneras diversas como "Fuego en el Barco de los locos" o "El barco de los locos en llamas". También por extensión se identifica como "El barco del infierno", por aparecer estas naves sobre todo en las tablas dedicadas a la descripción del averno y su entorno. Fue realizado entre1500 y 1520 empleando tinta ferrogáliarcca sobre papel, con unas dimensiones de 17,5 x 15,4 cm. y forma parte de la Colección Gráfica de la Academia de Bellas Artes de Viena.
XI
La nave de los necios o de los locos (en el original alemán, Das Narrenschiff, en su traducción latina, Stultifera Navis) es una obra satírica y moralista publicada en Basilea en 1494 y escrita por el teólogo, jurista y humanista conservador de origen alsaciano y cultura alemana Sebastian Brant (o Brand). Es una sucesión de 112 cuadros críticos (el número puede variar dependiendo de las ediciones) acompañados cada uno con un grabado, en los que Sebastian Brant critica los vicios de su época a partir de la denuncia de distintos tipos de necedad o estupidez. También se ha entendido la obra como una velada crítica a la iglesia de la época (en latín, navis se refiere también a la nave de un templo, y se conoce a la Iglesia Católica como la nave de San Pedro). Tiene una intención didáctica y moralizante
La secuela más conocida es el Elogio de la locura (1509), del humanista Erasmo de Róterdam, quien conocía la obra de Brant (recordemos la identidad entre locura y necedad que preside las concepciones de la época). La influencia de Brant llega a Rabelais o más recientemente al estudio de la necedad formulado en el célebre ensayo del economista italiano Carlo Maria Cipolla titulado Allegro ma non tropo. Michel Foucault dedicó a este libro el primer capítulo de su Historia de la locura en la época clásica y lo relacionó con auténticos barcos de dementes que navegaban por los canales de una ciudad a otra. El pintor el Bosco recreó en un cuadro su propia nave de los locos. [Ver reseña en la página de la Universidad de Sevilla ]
XII
Pio Baroja, escribió La nave de los locos, en la que se puede leer:
«PRIMERA PARTE
EN BUSCA DE CHIPITEGUY
I
LA NAVE DE LOS LOCOS
Entre las estampas del almacén de Chipiteguy, Alvarito había visto algunas con este título genérico: La Nave de los Locos.
Eran grabados en madera de la obra célebre en su tiempo, hoy ilegible e insoportable, del estrasburgués Sebastián Brandt, o Brant, publicada primero en alemán, en Basilea, con el título Das narren schiff, y luego en latín, en Lyon, rotulada Navis stultifera mortalium.
Durante el siglo XVI, La Nave de los Locos, del poeta didáctico y aburrido de Estrasburgo, debió parecer ligera y amena a los lectores y sus varias ediciones corrieron por la Europa Central. La mayoría de estos libros se hallaban ilustrados con grabados en madera.
Entre las estampas guardadas por Chipiteguy de La Nave de los Locos las había muy viejas; algunas eran de Holbein y del Bosco. En todasp. ellas se comentaban las palabras atribuidas a Salomón y traducidas al latín: Stultorum infinitus est numerus.
Chipiteguy comentaba con fruición estas láminas y las consideraba de gran enseñanza y filosofía.
La Nave de los Locos, el carnaval o carro naval, símbolo de la gran locura de los mortales, era el barco de la humanidad, que marcha por el mar proceloso de la vida, y en el cual se albergan los mayores disparates.
La Nave de los Locos era la feria de todo el mundo, de Gracián; la feria de todo el mundo, en donde todo el mundo va de cabeza.
La Nave de los Locos podía contener los tripulantes de este planeta absurdo, que gira como un trompo alrededor de sí mismo y alrededor del sol, quien también marcha de cabeza a la constelación de Hércules, no sabemos con qué inconfesables fines.
Hermana en intención de las Danzas de la Muerte, así como estas querían demostrar la igualdad de los hombres ante el sombrío esqueleto, con su guadaña y su reloj de arena, La Nave de los Locos quería probar la universalidad de la tontería y de la estulticia humana y el reino absoluto de la Dama Locura.
Grandes y pequeños, altos y bajos, reyes y mendigos, próceres y menestrales, sabios e ignorantes, santos y casquivanas, gentes de cerebro eruptivo y ardiente, como el cráter de un volcán, y gentes de cráneo sólido, como hecho de hierro colado y relleno de cemento, entraban a bordo de este barco. Todos los animales bípedos, adornados con coronasp. 53 o monteras, cachuchas o sombreros de copa, se alistaban, por un motivo o por otro, en la turba de los estultos.
Esta acusación de estulticia absoluta y nouménica a nadie podía ofender, y La Nave de los Locos era, al mismo tiempo, el martes de Carnaval y el miércoles de Ceniza, la risa loca y pánica de las lupercales y el polvo en la frente de las iglesias cristianas.
En las estampas aparecía la Dama Locura, siempre muy guapa y sonriente, con su gorro de dos puntas, terminado en dos cascabeles; unas veces, predicando desde el púlpito; otras, arrodillada en la iglesia; otras, marchando en el carro con alegres compadres y mentecatos sonrientes; otras, yendo en una barca a Narragonia (el país de la locura; en alemán macarrónico) con los locos del olfato, del gusto y de la vista.
La Nave de los Locos era la alegoría de las estupideces de los hombres, el anfiteatro de las monstruosidades, el estanco de los vicios, en donde se exhibían la maldad, la perversidad, las manías diversas y todas las manifestaciones más o menos alegres de la mentecatez y de la gran tontería humana.
Para Chipiteguy era indudable, como para su paisano Sebastián Brant, que la Dama Locura andaba suelta por el mundo.»