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jueves, 4 de noviembre de 2021

Nueva ley de educación: del jardín ideal al bosque – Lola Pons

Cada vez que se habla de la aprobación de una nueva ley educativa, yo recuerdo las clases de mi bachillerato. En ellas, una profesora manchada de tiza nos explicaba cómo el trasfondo de muchos cuadros de la iconografía cristiana era un maravilloso jardín, impecable, limitado en sus confines, de sembrados lineales y arbolado pulcro. Era el jardín cerrado, el hortus conclusus que recreaba el paraíso original, un espacio gozoso donde cualquiera se imaginaría eligiendo un fruto fresco de la rama, desconectado del ajetreo exterior, protegido de los vaivenes de la realidad al mismo tiempo que limitado en una cuadrícula separada del entorno.

Una reforma educativa es siempre una tensión entre aquello que se tiene y aquello a lo que se aspira. Por eso hay algo que conecta estas disposiciones legales con los jardines de la idealidad. Las leyes tasan en horas y asignaturas el conocimiento; todo lo que se cree necesario para el ejercicio profesional futuro se convierte en una asignatura del presente; esto es una ecuación prospectiva con muchos riesgos, pero se dan por asumibles. Todo aquello de cuya rentabilidad inmediata se duda se acaba convirtiendo, como mucho, en una simpática optativa. En el hortus conclusus de la normativa, la optatividad es amplia, muy completa, con asignaturas más originales y otras más tradicionales. En el bosque real de la aplicación en los centros de secundaria y bachillerato, la mayoría de esas optativas no es ofertada: no pueden constituirse grupos suficientes, falta el profesorado, se reduce el catálogo... La realidad termina afectando a la idealidad del jardín de las asignaturas.

Ese es el coladero por el que el latín y el griego amenazan con escurrirse para siempre de muchos institutos españoles. La cultura clásica es esa que nos enseñó a saber traducir la expresión hortus conclusus y a sacarle su raíz bíblica, la que nos legó las historias que hoy con otros nombres nos narran las películas, la que nos mostró por primera vez a seres humanos libres, desesperados, maníacos, sobrepuestos a la tragedia o devorados por ella... En la misma ley que nos habla de la necesidad de enseñar creatividad y comprensión lectora esa tradición se relega a la optatividad y a la decisión de los centros. Por decenas de optativas que se planteen, la cultura clásica no se impartirá si no se incluye en más cursos como obligatoria. Si no hay alumnos suficientes, no se repondrá su profesorado; si no se repone, no se volverá a ofertar. Este sábado, profesores y alumnos afectados por este nuevo pisotón a las lenguas clásicas se manifiestan en Madrid, creo que con razón.

Las cambiantes leyes educativas y sus subsiguientes regulaciones en la aplicación autonómica tienen una idealidad tan pictórica que terminan siendo insolentes. Una legislación articulada así, como construcción de un precioso hortus conclusus, es una forma de hablar de educación sin salir de la cuadrícula, una manera de huir de las realidades más problemáticas de los centros: docentes enterrados en burocracia, los institutos rurales agujereados por la itinerancia de su profesorado, centros que querrían ofertar estudios consistentes y no una amalgama de materias que cambia de año a año según la plantilla que haya a disposición... En este terreno de la educación, labrar con la realidad es más efectivo y difícil que imaginarse un jardín ideal, pero muchos no quieren mancharse la mano de tiza.

 LOLA PONS RODRÍGUEZ

04 NOV 2021 

lunes, 1 de marzo de 2010

Guerra de ideas


Ahora que por Ley ando recordando una parte de la historia, he vuelto a la lectura sosegada de las páginas que redactó José Castillejo sobre una de las etapas más determinantes y trágicas de la historia hispana en el pasado siglo. Aquella obra la tituló Guerra de ideas en España. Para no llevar a engaño añadió el subtítulo de Filosofía, política y educación. Busco ahora los claroscuros de aquella república de la cultura. Decía sobre ella, que las reformas educativas que se llevaron a efecto recordaban "las de la ilustración del siglo XVIII aunque esta vez se proponían preparar a las masas sublevadas para la acción política directa" (p. 120).

Más adelante encontré una explicación razonable sobre lo que dio en denominarse "Guerra escolar", y tenía que ver con "la ardua cuestión religiosa". En este terreno, "la República -dice Castillejo- abandonó el lento proceso de libre competencia entre el Estado y las escuelas privadas, abogado por Giner, y procedió a la supresión de las escuelas que estaban en manos de las órdenes religiosas. Estaba claro que esta medida transfomaría las órdenes religiosas en sociedades secretas y por consiguiente causaría la exterminación de todas las escuelas privadas, que tendrían que camuflarse, dejándolas a merced de la denuncia política o de la venganza profesional. La intención de los legisladores era antiliberal, el efecto fue inevitablemente totalitario. El Gobierno ha tomado el lugar de la Iglesia y esta podrá continuar el duelo en beneficio propio" (Castillejo, 1976, 120-121). 




Es una nota de primera mano sobre un hecho importante. La obra la ha reeditado en 2009  Siglo XXI. Su autor, hijo de un abogado extremeño y educado en El Escorial por los Agustinos ganó la cátedra de Derecho Romano en la Universidad de Sevilla, en la que permaneció entre 1905 y 1908. Su incorporación a la Junta para la Ampliación de Estudios lo mantuvo ocupado entre 1907 y 1935 en "los experimentos educativos y de la investigación científica".

En la presidencia de esa insigne y singular creación se mantuvo a lo largo de esos años Santiago Ramón y Cajal y la etapa al final ha acabado por conocerse como la Edad de Plata de la ciencia y la cultura hispana.  En 1976 la editó Revista de Occidente con prólogo de Julio Caro Baroja y hoy sigue constituyendo una fuente insustituible para recorrer gran parte de la historia hispana en materia de filosofía, política y educación.
JL. Rubio Mayoral / 10